viernes, 23 de mayo de 2014

¿Zona de confort o zona de anquilosamiento?

  • ¿Qué evidencias hay de que un prometedor empleado de 25 años vaya a convertirse en un directivo de éxito a los 50 años? A menudo, sucede que ese prometedor profesional, si va teniendo éxito en su carrera, llega un momento en que empieza a bloquear su mente.
  • Adentrarse en territorios desconocidos conlleva nuevos aprendizajes para poder desenvolvernos y prosperar en el nuevo terreno. 
Enrique de Mora | Barcelona

enrique-de-mora-expertoTodos nos sentimos impulsados de forma instintiva a buscar la comodidad porque la asociamos a bienestar, estabilidad y seguridad. No obstante, todos tenemos también –en mayor o menor medida- el impulso contrario, el de buscar la aventura y lo desconocido, algo que podemos parangonar con lo incómodo. Como decía la inteligente actriz Naomi Watts en una entrevista: “Si algo no te asusta un poco, si no supone un reto, ¿qué sentido tiene hacerlo?”. Las situaciones nuevas y desafiantes estimulan no sólo nuestra curiosidad sino también nuestra energía.

Un directivo debe sentirse a menudo incómodo para aprender y desarrollarse. Un buen directivo es aquel que quiere mejorar continuamente. Eso significa que día sí y día también debe salir de su “zona de confort”. Dicha zona tiene un nombre demasiado sugerente: evoca un lugar reconfortante, cómodo, que casi podemos imaginar amueblado con sofás mullidos y acogedores, salpicados por jacuzzis y en los que serviciales camareros sirven sin cesar cócteles a cual más embriagador. En suma, la “zona de confort” remite a un lugar agradable de estar. ¡Error! No es el paraíso, es todo lo contrario: es la “muerte” del directivo o, para no ser tan trágicos, el freno a su carrera. Deberíamos rebautizarla como “zona de aburrimiento” o “zona de anquilosamiento”.

Por supuesto, adentrarse en territorios desconocidos conlleva nuevos aprendizajes para poder desenvolvernos y prosperar en el nuevo terreno. El aprendizaje entraña asumir y exponer nuestras debilidades e incompetencias. Aun así, hay una poderosa fuerza en el interior de la mayoría de individuos –por lo menos, aquellos que son buenos profesionales- que les incita y les empuja a mejorar. Crecer y desarrollarse es una necesidad humana fundamental. Como afirma Maxwell Maltz, un cirujano reconvertido en experto en desarrollo personal, las personas somos como los ciclistas: si no nos movemos hacia delante, nos caemos. Esta metáfora ilustra muy gráficamente la importancia del desarrollo en las personas.

¿Qué evidencias hay de que un prometedor empleado de 25 años vaya a convertirse en un directivo de éxito a los 50 años? A menudo, sucede que ese prometedor profesional, si va teniendo éxito en su carrera, llega un momento en que empieza a bloquear su mente en cuanto a nuevos aprendizajes. Va entrando en su “zona de confort” y empieza a confiar demasiado ciegamente en lo que le ha llevado a tener buenos resultados e irónicamente se convierte en víctima de su propio pasado: se enquista en formas estándar de pensar, alejándose cada vez más de nuevas exigencias y acomodándose en la “zona de anquilosamiento”. Y, cuando es así, el principio de Peter se hace nuevamente patente: todo empleado tiende a ascender hasta su máximo nivel de incompetencia (una vez allí hará todo lo posible para que nadie le quite el poder alcanzado).

Por tanto, cualquier directivo que se precie debe afrontar situaciones difíciles, incómodas e incluso hostiles. Debe pelearse con las situaciones: con su jefe, con su gente, con la de otros departamentos, con los clientes, con la caída de ventas, con la competencia, con la legislación, etc. Sólo enfrentándose a circunstancias complicadas se crece de verdad. Al sufrir, fallar, aprender, equivocarse, volver a intentarlo y sentirse incómodo, es cuando logra salir de la “zona de anquilosamiento” y convertirse en mejor directivo y, generalmente, en mejor persona…

*Enrique de Mora. Autor de varios libros y del Blog “Pop Corner” (www.funny-pop.es). Conferenciante. Twitter: @edmfunnypop


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