martes, 23 de febrero de 2010

‘Superwoman’ no existe


Si quieres comprar el libro,
haz click sobre la imagen
Lo de la conciliación de la vida laboral y personal no era cierto. Trabajar menos horas en la oficina para emplearlas como burra de carga en el hogar no es conciliar, debe tener otro nombre. El mito de la supermujer se cae por su propio peso.


"Un supermán es un hombre guapetón, cachitas, defensor de la justicia, que no se despeina ni cuando lucha contra la muerte. Es un personaje de ficción. ¿Y su versión femenina? Una superwoman es una mula multitarea y sin superpoderes, es una loca estresada y despeinada, que llega a todo como puede, intentando no perder la dignidad y coleccionando manchas de dedos con chocolate en la falda que sólo puede lavarse en la tintorería”.

La periodista Mar Galtés y la psicóloga Esther Casademont han escrito El timo de la superwoman (Ed. Planeta), con el que quieren desmontar el mito a golpe de realidad. Un único personaje inventado, directora de marketing de una empresa y madre de tres niños, sirve de hilo conductor para narrar las experiencias verdaderas de un puñado de destacadas profesionales españolas, desde la cocinera Carme Ruscalleda a la diseñadora Rosa Clará; la presidenta y consejera delegada de Merck, Laura González Molero; la directora general de Port Aventura, Mercedes de Pablo; o la directora general de La Caixa, Rosa Cullell, entre otras muchas. Ninguna de ellas esconde bajo sus ropas de directiva una capa de superwoman y todas tienen una historia llena de contradicciones, renuncias y dificultades. Las mujeres ya no tienen que enfrentarse a la dicotomía entre trabajo y familia. El nuevo reto está entre la maternidad y el desarrollo de una carrera profesional de éxito. Muchas optan por fórmulas como la reducción de jornada, lo que les impide el acceso a cargos de responsabilidad en una empresa en la que aún priman el número de horas en el puesto, casi más que los resultados. Pero cuando salen antes de la oficina, no lo hacen para descansar. “Reivindicamos que existe un mal enfoque del término conciliación de la vida laboral y familiar porque ni es sólo para mujeres ni sólo para mamás. Si reducimos las horas de trabajo para salir corriendo a la guardería, al cole, al supermercado, a bañar a los niños, hacer la cena y ocuparse de la casa, eso no es conciliación, eso es un timo”, dice Casademont, licenciada en Psicología Industrial por la Universidad de Barcelona, fundadora de una consultoría de recursos humanos y madre de tres hijos. ¿Y quién ha timado a las mujeres? “Ojalá lo supiéramos”, desea Galtés, periodista de La Vanguardia y madre de dos criaturas. “Es un problema histórico. Hace unos 40 años que la mujer empezó a incorporarse al mercado laboral con igualdad. Pero con ello también empezó a actuar en dos frentes, el laboral y el de la esfera privada, y ese mismo paso adelante no lo dieron los hombres. Hay que dejarles espacio en el ámbito doméstico para que asuman responsabilidades, porque no lo harán si se lo damos todo masticado”.

En esta misma línea, Gloria Juste, presidenta de la Fundación Mujer, Familia y Trabajo, hace algo de autocrítica y admite que a muchas mujeres les cuesta delegar en la parte doméstica. “Al principio se creyó que la idea de la superwoman era posible, que podíamos con todo a la vez. Creo que está demostrado que eso ha producido muchos daños colaterales, sobre todo para la salud femenina, con las consiguientes repercusiones para la empresa, porque las enfermedades han llevado a un aumento de las bajas laborales por estrés, sobre todo en pacientes mujeres, que siguen creciendo”.

Como muestra, un ejemplo: las mujeres españolas que tienen otro trabajo fuera del hogar dedican una media de entre 10 y 25 horas semanales a las tareas domésticas; los hombres, entre cinco y 10 horas. La presidenta de la Federación Española de Mujeres Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (Fedepe), Ana Bujaldón, tampoco cree en superwoman y asegura que “se puede llegar a todo y no es conveniente renunciar a nada”, pero que nadie espere que sea fácil. “Estas dobles y hasta triples jornadas laborales que llevamos exigen un gran desgaste a la mujer, que a lo que más renuncia es a tiempo para sí misma, sobre todo de descanso”.

La solución que se reclama desde muchos frentes es una conciliación compartida, en la que los hombres también gestionen en paralelo trabajo y hogar y se repartan responsabilidades. “Pero cuando ellos triunfan en lo profesional, a nadie se le ocurre preguntarles si pueden conciliar bien o cómo se organizan con los niños si tienen que viajar, aunque sean tan hijos suyos como de su madre”, subraya Mar Galtés.

Con las universidades y las empresas llenas de mujeres, de repente desaparecen del mapa cuando se llega a los cargos directivos. ¿Dónde están? La mayoría en segunda línea, ocupándose de su casa y sus hijos, e intentando no renunciar por completo a desarrollar su vida profesional. De las 330.700 reducciones de jornada por cuidado de niños o adultos enfermos que estaban vigentes en 2009, el 97,7% correspondían a mujeres.

Por otro lado, las mujeres sólo ocupan el 3,46% de los consejos de administración de las empresas del Ibex-35. Los casos reales que aparecen en El timo de la superwoman son una muestra de que el éxito profesional es posible sin morir en el intento, aunque muchas se hayan dejado la salud o la pareja en el camino, y pese a las reticencias de situar a una mujer en un alto cargo. Porque, incluso cuando llegan, se las confunde con otra cosa.

Rosa Cullell comenzó su carrera como periodista y llegó a ser directora general adjunta de La Caixa con treinta y pocos años. En su primera reunión directiva llegó uno de los consejeros delegados de la entidad y, cuando la vio, le soltó el abrigo encima para que se lo colgara, confundiéndola con una azafata y derramándole la copa de cava. Algo similar le ocurrió a Ana Ribalta, directora de banca de inversión e inmobiliaria del Banco Sabadell. Llegó a una reunión con su presidente para recibir a un inversor estadounidense y éste le preguntó: “¿Es usted la traductora?”. Daba por hecho que el directivo que esperaba tenía que ser un hombre.
Otras anécdotas son aún de peor gusto, como la de Cristina Marsal, que con 32 años, cuando trabajaba en JP Morgan, apareció en la lista de las 50 mujeres más influyentes de España. Unos años antes, cuando comenzaba en el mundo de las altas finanzas, se encontró con una proposición deshonesta por parte de su propio jefe. En un viaje de trabajo, después de una reunión, cuando subían en el ascensor del hotel, él le soltó: “Sabes, yo quiero mucho a mi esposa... pero si quieres tengo champán en mi habitación”. La realidad plasma un claro conflicto entre trabajo, familia y vida personal, que además tiene un coste negativo para la empresa, del absentismo al escaso compromiso o reducción de la productividad.

Y sigue patente la cultura de los calientasillas, por la que se sigue pensando que trabaja mejor el que lo hace más horas. “En España trabajamos 240 horas más que el resto de europeos y estamos a la cola en productividad”, denuncia Gloria Juste. La presidenta de la Fundación Mujer, Familia y Trabajo asegura que la actual crisis económica supone un “momento histórico” para tomar cartas en este asunto, “pero no a base de reivindicaciones o discursos negativos y agresivos, sino todo lo contrario: abriendo un escenario atractivo para todos, empresarios y trabajadores. Es evidente que la estructura actual no está funcionando y llama a gritos el diseño de una nueva forma de trabajar, más moderna, flexible, conciliadora y participativa”.
Aunque las comparaciones son odiosas, siempre está el espejo sueco en el que mirarse o con el que soñar. En Suecia, al tener un hijo, a los padres se les dan 480 días para estar de baja maternal o paternal, que se reparten entre los dos. Cuando los niños se ponen enfermos, padre o madre se quedan en casa y el seguro social paga una parte del sueldo, por lo que no hay que recurrir a cuidadoras o abuelos entregados. El horario de oficina es flexible y se puede trabajar desde casa, incluidos los jefes.

Eso en España aún suena a absoluta ficción, pero el futuro puede cambiar. “Tenemos dos grandes herramientas que son la Ley de Igualdad y la Ley de Dependencia, aunque de escasa aplicación. Porque por sí solas no valen, porque junto a ellas se hace necesario un cambio cultural que debe empezar en el modelo de educación en los colegios y las familias”, concluye Ana Bujaldón, presidenta de Fedepe. “Si nos organizamos y la estructura social y empresarial nos ayuda, no sólo con flexibilidad horaria, sino con un cambio cultural, será posible y, aunque nosotras no lo veamos, quizá nuestras hijas sí”, confía Casademont.