viernes, 17 de junio de 2016

El final del trabajo

El final del trabajoEn el momento que vivimos, que recuerda a la calma que en el océano encadena el paso de una tormenta a otra todavía más devastadora, hay numerosos pensadores, emprendedores y comentaristas culturales para los que el concepto “fin del trabajo parece significar que en apenas dos o tres décadas no habrá empleos tal y como los entendemos en el presente, ni tampoco existirá el paro, todo gracias al desarrollo tecnológico y al auge de la inteligencia artificial aplicados a la mejora del rendimiento productivo y a la automatización de procesos en todos los sectores industriales. Simultáneamente a tal premisa, esas mismas opiniones articulan un discurso con un claro alcance cultural e ideológico, según el cual la creatividad será la destreza principal de quienes aspiren a desarrollar su talento y ser remunerados generosamente por ello. Reducida a su mensaje político más evidente, se trata de una hipótesis que no tiene en cuenta un factor principal: la lógica interna del mundo del trabajo posee una estructura causal que históricamente ha determinado la producción de riqueza, prosperidad y desigualdad en el mundo.

Si con forzados pesimismo u optimismo ese imaginado escenario se materializara, el fin del trabajo no significaría el inminente acontecer de una casi total tasa de desempleo en los países, ni tampoco que en las economías más prósperas la alta tasa de población activa conllevara al fin la irrupción del pleno empleo. No obstante, un panorama oscuro es el que emerge cuando se atiende a estudios científicos con vocación crítica e independiente a la hora de objetivar la evolución del empleo y sus tipologías en Occidente (como los realizados por Randall Collins de la Universidad de Pennsylvania, Robert McChesney de la Universidad de Illinois, los tecnólogos Ben Way y Mike Cooley o Naomi Klein). Por citar solo una de las conclusiones que esas investigaciones destilan, es recurrente la de que en los países con mayor renta per cápita y más avanzados tecnológicamente (en términos de penetración de servicios y contenidos a través de dispositivos, infraestructuras y redes), el número de trabajadores desempleados o sobrecualificados es cada vez más alto. La consecuencia central que se puede extraer de este rasgo contiene serias implicaciones para el futuro de un estado y su modelo de democracia: la evolución de la economía mundial de un modo lento pero continuado ha ido desposeyendo de valor al trabajo, hasta un punto de inflexión en el que el crecimiento en la acumulación de capital ocurrirá sin que sea necesaria la existencia del factor trabajo. Dicho con otras palabras, una cantidad ingente de personas resultarán irrelevantes para la sostenibilidad de la lógica del sistema económico, si bien paralelamente irán adquiriendo mayor importancia los sistemas de protección social. De forma implícita, surge así un complejo desafío político con hondas raíces morales: ¿cómo cohesionar una sociedad democrática en sus escalas cívica y participativa si el disfrute de un alto nivel de vida solo sucederá para un limitado número de personas? En un panorama tan estructuralmente desigual, la corrupción será siempre inevitable.
Cualquiera que se perciba a sí mismo como integrante de la clase media encontrará mucho más grata la contingencia de que el fin del trabajo esté ligado a un escenario optimista, en vez de tener que enfrentarse a la realidad que acabó de anticipar, mucho más cruda. Pero es en la toma de partido de esa parte de la sociedad donde se auguran mayores tensiones. Si se cumplen los vaticinios formulados por Eric Schmidt, presidente de Alphabet-Google, en el Foro de Davos de 2014, será la clase media la que sufra con más intensidad la «destrucción creativa de empleos. En este contexto, la creatividad, tan aparentemente deseada cuando es entendida como la encarnación de nuestra capacidad adaptativa, debe transformarse en un medio para reenfocar reflexivamente el gobierno del tejido empresarial, los mercados, el fin de la innovación tecnológica y los mecanismos de generación de empleo. Siguiendo con el escenario más optimista, hay un hilo conductor que puede abrir una deliberación de la misma naturaleza dentro de un ambiente socialmente constructivo, partiendo de una pregunta tan sencilla como la siguiente: ¿qué significará tener una buena vida en sociedades donde el trabajo ya no sea ni política ni económicamente un factor decisivo y esencialmente necesario?
Una tesis revisitada de vez en cuando por ingenieros sociales interesados en soluciones económicas alternativas es la referida al estado estacionario que prescribió el economista John Stuart Mill en 1888. Pronosticó que el crecimiento económico basado en la acumulación de riqueza no puede ser ilimitado, y que el progreso basado en el cambio técnico -aplicado al aumento de la producción- acabará desencadenando un colapso social y ecológico. Su receta consistió en seleccionar las condiciones adecuadas para inaugurar una fase de gobierno basada en la distribución racional de los recursos y el control demográfico, aunque no vislumbro lo suficiente los condicionantes añadidos por el aumento en la esperanza de vida. Los trabajos en este «estado, con jornadas laborales progresivamente reducidas, según Mill, no serían ni penosos ni aburridos, e irían orientados a la mejora humana (derivada del antagonismo entre el arte de vivir y el arte de subir a cualquier precio).
Así, en los desarrollos políticos y morales que hiciera Mill resulta evidente el perfecto encaje de la creatividad como motor de cambio en las relaciones de empleo, sin que ello se oponga a cualquier concepción de igualitarismo social, y evitando toda homogenización cultural capaz de imponer la obediencia sin razón. Desde esta perspectiva, las ideas y soluciones que una persona o colectivo pueden aportar no se valoran principalmente por su capacidad para facilitar el acceso a la riqueza, sino para dejar el mundo en mucha mejor situación de la que lo recibimos. Si aceptamos la lógica de tal premisa, ¿no se debería confrontar con la actual tendencia a minusvalorar los empleos con mayor ocupación activa, que son precisamente aquellos que conllevan una complejidad técnica media o baja en sus tareas, pero que generan valor de servicio a los individuos y a la sociedad (y en los que generalmente los trabajadores asumen cierto grado de sacrificio personal): transportistas, camareros, trabajadores de establecimientos de comida rápida, cajeros y vendedores en grandes superficies comerciales, personal administrativo, secretarias, perfiles de atención al público en bancos, entidades de crédito y otro tipo de servicios, obreros de la construcción, operarios de almacenes, auxiliares de enfermería, limpiadores? ¿Es cierto que para que una política lidere una transformación radical de esta coyuntura laboral necesariamente hay que esperar a que la tecnología madure todavía más? ¿La transferencia de todo ese capital humano, hasta ahora sin un uso intensivo de su potencial creativo, hasta un marco ocupacional basado en la resolución de problemas sofisticados, sería aceptada por el gobierno de la economía mundial, facilitando las inversiones y los hábitos culturales necesarios para culminarla?
La creatividad es saber utilizar la razón, aplicar críticamente la lógica para discernir la verdad para cada objeto y cada acción. Consiguientemente, lo que está en juego en la evolución del mundo del trabajo durante las próximas décadas no puede aislarse de un reflexión más exigente que tiene que ver con la superación de una estructura de la economía y la sociedad que, influidos por el sentido común, todavía asume como inevitables el desempleo, la precariedad, la pobreza y la explotación, sin por ello dejar de lado la creencia (heredera de la felicitas como personificación del éxito) que provoca que el sujeto desee con ansia ser cada vez más próspero en lo material. El discurso de la creatividad es un punto de partida alentador, pero demanda que el uso de la razón en el que se basa quede vinculado con una agenda universal de cambio social que, a su vez, supedite el rumbo ambiguo de la tecnología a un significado culturalmente renovado acerca de lo que expresa tener una buena vida.
Alberto González Pascual es director de transformación del área de recursos humanos de PRISA.