viernes, 18 de febrero de 2011

Gota a gota

¿Una vez colorado o ciento amarillo?... Quiero decir: en su trabajo ¿prefiere una buena bronca, una bronca como un piano, o una persistente y malévola sucesión de mínimas 'bronquitas'?

Una de las más terribles y crueles torturas empleadas durante lo que llamaremos "siglos oscuros" era, precisamente, el tormento del gota a gota. Consistía en inmovilizar al reo, colocado de pie, con cuerdas, cadenas y grilletes y verter sobre su cabeza una gota tras otra de agua…

Esa aparentemente inofensiva e inocente gota lograba, con el paso del tiempo –porque no había límite para el tormento–, enloquecer al torturado y hasta perforar su cráneo… Igual que el duro granito de los montes puede ser destruido por la chispa de agua que, sin cesar, cae sobre él desde una cascada.

Gracias a Dios, tal bestialidad –como lo son todas las torturas– desapareció; aunque, a juzgar por las revelaciones de Wikileaks y otros medios de información, no en todas partes: incluso los países más sedicentemente "civilizados" recurren a vejaciones antihumanas.

Y, sin querer pecar de exageración ni tampoco incurrir en odiosas comparaciones, la técnica del gota a gota está presente en algunos comportamientos laborales que muchos padecen –o hemos padecido– de modo constante o esporádico.

¿Podríamos estar hablando de acoso?... En todo caso, se trataría de un acoso por parte de jefes, colegas o subordinados prácticamente indemostrable… De lo que sí estoy hablando es de mala leche: mala leche evidente pero acoso imposible de probar…

Porque, ¿quién puede probar que pretenden acosarlo –acosarnos– con esa sonrisita de medio lado, que ni siquiera muestra el colmillo lobuno del sonriente pero que lleva una carga de profundidad de menosprecio capaz de hundir un acorazado? Sonrisita un día y otro día y otro día… Gota a gota.

¿Y quién está seguro de que esa frasecita tipo "¡no sabes cuánto siento que otra vez te haya salido mal ese encargo!, ¡de verdad que lo siento muchísimo!" no es conmiseración ni bendita comprensión sino una puya que nos clavan?; ¿y si nos lo están diciendo de verdad, sintiendo nuestro fracaso, solidarizándose con nuestro disgusto? El juicio de si es o no un gota a gota depende de muchos factores: quién nos lo dice, cómo nos lo dice, en qué momento, qué tipo de relación tenemos con el que suelta la frasecita…

También resulta intrincado discernir si una pregunta tipo "¿estás seguro de que te encuentras bien?" salida de los labios de un jefe o de un colega nos la hacen con la sana intención de ayudarnos a salir de nuestro agobio de nuestra empanada mental o con el retorcimiento de quien está presuponiendo que no nos encuentra aptos para determinadas tareas o responsabilidad porque no se fía… No confía en nuestra salud, en nuestro equilibrio anímico, en nuestra resistencia en situaciones complejas, en nuestra capacidad para mantenernos fuertes y serenos.

Eso es el gota a gota, la lenta destilación de mala leche sobre nuestro ánimo que puede desmoralizarnos, agotar nuestras fuerzas y nuestra paciencia que tantas y tantos sufren cotidianamente en su trabajo.

El gota a gota, además de malévolo, es una cobardía y una mezquindad contra lo que sólo podemos luchar armados de nuestro propio valor.

Verán: al torturador, a base de sonrisitas, frasecitas y preguntitas hay que plantarle cara de una vez y con firmeza… "Dime todo lo que me tengas que decir, todo lo que te parezca mal, todo lo que te molesta de mí, todo lo que no hago como debiera… Dímelo y, en la medida de mis posibilidades, trataré de corregirme, de cambiar… Pero, una vez me largues la bronca, ¡olvídate de mí para los restos!: no más sonrisitas, ni preguntitas ni frasecitas de lobo con piel de cordero… ¡Olvídate de mí porque, si lo que buscas es un duelo de mala leche, te vas a enterar de lo que vale un peine! Porque la mala leche está muy, pero que muy repartida y yo también tengo mi lote, ¿vale?".

Lo que pasa es que es más cómodo –y hasta más divertido, cruelmente ameno– recurrir al gota a gota que a la corrección fuerte y directa; esa que, con toda la educación del mundo, va hasta la médula de los problemas que planteamos a los demás o los errores que cometemos habitualmente y que son perjudiciales para la empresa, para los demás y para nosotros mismos… Corregir y recibir la corrección es, desde luego, incómodo, muy incómodo… Puede llegar a quitarnos el sueño dándole vueltas a cómo hacerla o cómo responder a ella sin faltar al respeto ni a la dignidad.

Pero es así como se logra distinguir a los cobardes de los valientes –que son algo muy distinto de los valentones– en la convivencia laboral. Y tener claro quién es quién –quién se refugia en la pestilente cueva del gota a gota y quién da la cara y se parte el pecho corrigiendo de frente y por derecho cuando sea menester– es la única forma de conseguir que la atmósfera de nuestro trabajo sea respirable.


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