martes, 20 de septiembre de 2011

¿Compensa ser un 'trabajador extremo'?

Jornadas laborales que superan las 70 horas semanales, flujos de actividad impredecible, viajes frecuentes... Son algunas condiciones de una especie profesional para la que el trabajo es una prioridad frente a las relaciones sociales, familiares o la propia salud. La situación económica, además, incrementa las exigencias por parte de las empresas. La inseguridad lleva a la resignación y a la sumisión.

Robert Frank, articulista de The Wall Street Journal, contaba en cierta ocasión la experiencia de una cena en casa de un alto directivo en California: "Durante las dos horas que estuve en su casa, atendió seis llamadas en su teléfono móvil, envió 18 correos electrónicos, y estuvo dándole vueltas a un par de nuevas ideas de negocio... Al finalizar la velada, mientras apuraba su último sorbo de vino, me dijo que le resultaba muy agradable poder disfrutar de una cena relajada".

Quizá no se lo haya planteado todavía, pero es hora de que se pregunte si es usted un trabajador extremo. No se trata de que ocupe un puesto arriesgado, de que su profesión sea peligrosa o desarrolle su vida laboral en un país conflictivo. Entre los pasajeros del vagón de tren o de metro en el que acude cada día al trabajo puede haber un buen puñado de trabajadores extremos, embozados tras un periódico o consultando su dispositivo móvil, si es que la conexión lo permite...

Si está sometido a un ritmo de trabajo vertiginoso con plazos muy ajustados para todo y a un flujo impredecible de actividad, manteniendo jornadas de entre 70 y 120 horas semanales; si está obligado a viajar constantemente por cuestiones profesionales o a acudir con frecuencia a eventos relacionados con su trabajo más allá de las horas de oficina, tiene usted todas las papeletas para ser considerado como un empleado extremo, una especie laboral para quien el trabajo es una prioridad frente a las relaciones sociales o la propia salud. Un estudio de la consultora Catalyst, junto con la Brandeis University de Estados Unidos, revela que un 69% de aquellos que mantienen trabajos extremos reconoce que estos minan su salud; un 46% admite que suponen un obstáculo crucial en su matrimonio; y un 58% cree que su actividad profesional dificulta su relación con los hijos.

En realidad, casi el setenta por ciento de los trabajadores extremos asegura que está dispuesto a sacrificar su bienestar y su vida social, aunque un 36% cree que no podrá mantener ese estilo de vida durante más de un año. Montse Ventosa, fundadora de Sticky Culture, considera que la filosofía del trabajador extremo no es sostenible: "Ahora muchas empresas se aprovechan de la situación para presionar a sus empleados. Así no se rinde al cien por cien; no se puede ser plenamente productivo, porque la persona no está centrada ni equilibrada. Muchos de los que se encuentran en esta situación acaban haciendo downshifting". Estos downshifters son lo contrario a los workaholics de toda la vida, los adictos al trabajo, ya que el downshifting es propio de aquellos que llegan a la conclusión de que no merece la pena trabajar semejante número de horas, porque lo que se obtiene a cambio es difícil de disfrutar. Para ellos no hay dinero ni ascensos que compensen el tiempo no ocupado en otras actividades, así que abandonan y simplifican su vida al máximo.

Una realidad de miedo
Ovidio Peñalver, socio director de Isavia Consultores, explica que, desde el punto de vista del empleado o asalariado, "la realidad actual se impone: el paro sube; los mercados muestran una gran inestabilidad... Se instala el miedo a perder el trabajo o a no encontrar uno nuevo, y todo esto provoca resignación y sumisión, que desgasta la autoestima de la gente y lleva a la inseguridad".

Peñalver cree que, desde la perspectiva del empresario, "el que es jefe tiene miedo a sobrevivir a esta crisis. Se pide y se exige a los empleados de una forma desmedida porque 'así tiene que ser'. Se oyen argumenos del tipo 'esto es lo que hay para mantener el trabajo' o 'por menos, otros lo harían igual o mejor que tú'". El experto concluye que "en este escenario se genera un caldo de cultivo propicio para la pseudoexplotación y el semiesclavismo, porque el miedo genera aceptación y complicidad".

José María Gasalla, profesor de dirección de recursos humanos de Esade, recuerda que "cada realidad exige nuevos objetivos y modelos de gestión: hemos evolucionado en los últimos cien años de jornadas de diez horas hasta las de siete u ocho horas, pero eso se puede mantener en un sistema económico que consiga una productividad determinada. En la situación actual, la competencia global aumenta, se exige más productividad y rentabilidad y se responde con reducción de costes, y uno de los más permanentes es el laboral. Las empresas reducen personal para hacer lo mismo con menos gente. Seguimos utilizando los recursos humanos, incluso manipulando. En tiempos de crisis, los modelos de conciliación e igualdad pasan a un segundo plano". Gasalla advierte que "hoy nos encontramos en una situación especial. Cabe preguntarse si se trata de algo transitorio o si marcará la pauta en el futuro y se convertirá en un modelo, pero aunque nos pueda parecer que estamos al borde de un precipicio, merece la pena no seguir mirando todo el tiempo el corto plazo".

Ovidio Peñalver critica también esa búsqueda del corto plazo y de la mera supervivencia, que lleva al estrés colectivo mantenido. Es algo que pasará factura en forma de enfermedades, conflictividad o falta de productividad a largo plazo.

Aunque algunos estudios aseguran que aquellas personas que se marcan objetivos ambiciosos tienden a estar más satisfechos que los que se conforman con expectativas más bajas, lo cierto es que en situaciones de tensión colectiva hay gente que se crece. Peñalver hace referencia al estilo yuppie de la década de los 80, ejemplificado en el Gordon Gekko de la película Wall Street. El propio Gekko sostenía que "lo extremo está bien. Lo extremo funciona. Lo extremo es esclarecedor, va al grano y captura la esencia del espíritu evolucionista. La avidez, en todas sus formas –por la vida, por el dinero, por el amor, por los conocimientos y la sabiduría– ha constituido el motor que ha hecho avanzar a la humanidad".

Peñalver explica que "el caldo de cultivo mencionado anteriormente genera este tipo de perfiles profesionales extremos, que gustan de una cierta erótica de sobrevivir en este entorno, algo que le va sólo a unos pocos".

El socio director de Isavia concluye que "debemos reflexionar qué estilo de vida queremos tener dentro de cinco años, cuál es nuestra misión y qué valores perseguimos".Gasalla coincide en que "todos queremos sentirnos queridos y valorados. Debemos ser serios en nuestros planteamientos y saber lo que queremos y podemos en cada momento".

Para Peñalver, resulta fundamental preguntarse para qué quiero trabajar; qué quiero conseguir con mi trabajo, y cuánto necesito para vivir digna y decentemente: “reflexiona primero, y actúa después. No dejes que te exploten. Deja de ser víctima y hazte protagonista de tu propio destino”.