jueves, 9 de diciembre de 2010

Los valores sí que importan

Quienes trabajamos en la gestión de recursos humanos en el mundo de la empresa desde hace unos años, nos vemos con frecuencia expuestos a situaciones para cuya explicación se acaba recurriendo a la pérdida de valores. Creo que, efectivamente, en la transformación, más que en la pérdida, de ciertos valores puede hallarse la explicación de, al menos, una parte de problemas sociales y humanos con los que nos enfrentamos a diario.

Las profundas transformaciones que, en prácticamente todos los órdenes, ha experimentado la sociedad española están en el origen inmediato, el más identificable pero no el único, de una sensación subjetiva compartida de pérdida de los referentes, los principios y los valores, a los que tradicionalmente veníamos acogiéndonos para orientar nuestras actuaciones individuales y colectivas.

Se trata de un sentimiento vago pero cuya influencia podemos apreciar en nuestro vivir diario: en la conducta de los niños y los padres, en los foros de representación política, en los medios de comunicación, en los hábitos de consumo y vida o en el difícil establecimiento de unas metas comunes que quienes vivimos en España, podamos considerar comunes y perseguir juntos.

La transformación de los valores es uno de los signos del cambio social. Están en perpetuo cambio y las sucesivas generaciones van siendo generadoras, portadoras y valedoras de sus variaciones. ¿Qué es entonces lo particular del cambio en España? ¿A qué se debe el malestar tan ampliamente compartido? ¿De qué piezas está compuesto el mosaico ético en qué vivimos hoy? ¿Sobre qué bases debemos valorar su bondad y adecuación? Son muchos los que creen tener la solución, muchos los que aventuran que un retorno a los valores tradicionales nos permitiría recobrar la seguridad en la manera de conducirnos como individuos y como colectivo.

Otros creen que la solución se halla en unas mayores cotas de libertad individuales. Otros, aún, defenderían un liberalismo social y económico máximo asentado sobre valores sociales tradicionales. Quizás la solución sea cualquiera de las propuestas, pero probablemente no sea tan sencillo. El análisis de la trayectoria política, social, económica y educativa de España arroja una miríada de matices de complejidad extraordinaria, matices que deberíamos esclarecer sin perdernos en el camino. Llevar a cabo esa tarea resultará una prueba crítica para esta sociedad anclada, más de lo que quisiéramos, en unas miradas ideológicas divergentes, cuando no en abierta confrontación.

Se habla de cómo valores y principios básicos han desaparecido o se han difuminado: el de autoridad de padres y profesores, el del esfuerzo y su reconocimiento, el del respeto a los demás, la ética en lo público y lo privado, la verdad, la sinceridad, etcétera. Lo que antaño eran fundamentos sólidos son ahora conceptos interpretables según la situación, los intereses en juego y las personas involucradas.

Para entender qué nos ha pasado, o nos está pasando, se pueden invocar con toda justicia razones históricas, sociológicas y económicas y, como consecuencia de todas ellas, ideológicas. Está claro que España ha experimentado profundas transformaciones como consecuencia de la transición desde un régimen autoritario a uno democrático. España se vio inmersa en una forma de gobierno que había anhelado durante muchos años y vio que tenía a su disposición unos recursos materiales que probablemente desbordaban sus expectativas, lo que aumentó la confusión. Teníamos el deseo y la oportunidad pero, en el camino, los viejos referentes de lo que estaba bien y lo que estaba mal fueron puestos en duda y, ante la falta de acuerdo, se desecharon o se “olvidaron” cuando impedían conseguir resultados rápidos o suponían diferencias de opinión. De ese modo entramos en la democracia, con un basamento ético cuestionado por la sociedad que había de asentarse sobre él.

Los directivos tenemos una responsabilidad especial ya que, lo queramos o no, somos referentes visibles de cómo se usan la ética y los valores para resolver problemas, tomar decisiones, manejar conflictos y priorizar objetivos, sobre todo para los más jóvenes. Quien crea que los problemas éticos pertenecen a los filósofos o los políticos se equivoca. Las presiones que recibimos para lograr resultados no justifican actuaciones fuera del marco de los valores fundamentales y la ética. Por la vía del ejemplo que ofrecemos todos somos pedagogos y todos hacemos una sociedad mejor o no.