Cuando le preguntan: "¿Dónde se ve dentro de 5 años?" La tendencia general es a exagerar y, muchas veces, sólo por el afán de demostrar que tenemos aspiraciones, que queremos llegar a lo más alto y que tenemos madera de líder. Pero qué pasa si no es así, ¿es que no somos buenos?
¿Dónde te ves dentro de cinco años? Pregunta inevitable durante una entrevista de selección, con una sola respuesta, la que el entrevistador quiere oír: "Mi jefe es el trabajo y me preparo para una gerencia, arraigada en la idea de que todo el mundo va para líder". La respuesta honesta sería "No sé" o "Pregúnteme cuando lleve un tiempo", pero pone fin a las expectativas del entrevistador.
Una respuesta alternativa es: "Me veo aprendiendo y dominando el nuevo trabajo, feliz de estar haciéndolo en los próximos años", pero puede que sea peor que un simple "No sé", sugiere que el solicitante no tiene ambición, ya que se supone que el desempeño del propio trabajo tiene un rango inferior que la gerencia de un departamento, y ésta menos valor que el liderazgo. Este panorama perpetúa el Principio de Peter, según el cual, “en una organización jerárquica, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”.
¿Por qué queremos líderes?
La manía por contratar líderes tiene dos vicios evidentes. Ni todo el mundo puede, ni quiere liderar. Enseñar liderazgo en las escuelas de negocios es tan paradójico como enseñar a ser expertos de arte en las escuelas de museos. La capacidad de dirigir una organización, al igual que el gusto para reconocer el gran arte, no es susceptible de ser enseñada por sí misma, por mucho que haya que aprender. Es una cuestión de personalidad y de esa cosa escurridiza que llamamos talento. Y, aun teniendo la personalidad adecuada, si no hay un claro deseo de tener equipos a su cargo, el individuo se negará a ser un líder o fallará en el intento.
Hay otros dos defectos en la práctica de contratar sólo aspirantes a dirigentes. Si hay “muchos jefes y pocos indios”… el trabajo no se hace en realidad, por lo que la necesidad de seguidores es evidente. En segundo lugar, si un líder está realizando un trabajo excelente y no muestra señales de aflojar o de abandonar, su posición no estará vacante.
La necesidad de seguidores junto con la escasez de vacantes para los líderes hace que la mayoría de profesionales nos pasemos algunos o todos los años de nuestras vidas como seguidores. Sin embargo, nadie fomenta en serio o hace hincapié en este colectivo. El ser un seguidor no es un valor precisamente de culto. De hecho, requeriría un esfuerzo conjunto por parte de empleadores y empleados así como de docentes e intermediarios incluyendo a las propias firmas de reclutamiento. Si no somos capaces de hacer virtud el ser seguidores, continuaremos la práctica de recompensar a los mejores mediante su promoción a posiciones que a menudo no coinciden necesariamente con sus habilidades o talento.
Para terminar, en mi elogio de los seguidores, citaré a Cicerón: "Cuando aspiras a alcanzar el puesto más alto, recuerda que es honorable la segunda, o tercera posición". A lo que añadiría que no es ninguna deshonra aspirar directamente al segundo o tercer lugar.
¿Dónde te ves dentro de cinco años? Pregunta inevitable durante una entrevista de selección, con una sola respuesta, la que el entrevistador quiere oír: "Mi jefe es el trabajo y me preparo para una gerencia, arraigada en la idea de que todo el mundo va para líder". La respuesta honesta sería "No sé" o "Pregúnteme cuando lleve un tiempo", pero pone fin a las expectativas del entrevistador.
Una respuesta alternativa es: "Me veo aprendiendo y dominando el nuevo trabajo, feliz de estar haciéndolo en los próximos años", pero puede que sea peor que un simple "No sé", sugiere que el solicitante no tiene ambición, ya que se supone que el desempeño del propio trabajo tiene un rango inferior que la gerencia de un departamento, y ésta menos valor que el liderazgo. Este panorama perpetúa el Principio de Peter, según el cual, “en una organización jerárquica, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia”.
¿Por qué queremos líderes?
La manía por contratar líderes tiene dos vicios evidentes. Ni todo el mundo puede, ni quiere liderar. Enseñar liderazgo en las escuelas de negocios es tan paradójico como enseñar a ser expertos de arte en las escuelas de museos. La capacidad de dirigir una organización, al igual que el gusto para reconocer el gran arte, no es susceptible de ser enseñada por sí misma, por mucho que haya que aprender. Es una cuestión de personalidad y de esa cosa escurridiza que llamamos talento. Y, aun teniendo la personalidad adecuada, si no hay un claro deseo de tener equipos a su cargo, el individuo se negará a ser un líder o fallará en el intento.
Hay otros dos defectos en la práctica de contratar sólo aspirantes a dirigentes. Si hay “muchos jefes y pocos indios”… el trabajo no se hace en realidad, por lo que la necesidad de seguidores es evidente. En segundo lugar, si un líder está realizando un trabajo excelente y no muestra señales de aflojar o de abandonar, su posición no estará vacante.
La necesidad de seguidores junto con la escasez de vacantes para los líderes hace que la mayoría de profesionales nos pasemos algunos o todos los años de nuestras vidas como seguidores. Sin embargo, nadie fomenta en serio o hace hincapié en este colectivo. El ser un seguidor no es un valor precisamente de culto. De hecho, requeriría un esfuerzo conjunto por parte de empleadores y empleados así como de docentes e intermediarios incluyendo a las propias firmas de reclutamiento. Si no somos capaces de hacer virtud el ser seguidores, continuaremos la práctica de recompensar a los mejores mediante su promoción a posiciones que a menudo no coinciden necesariamente con sus habilidades o talento.
Para terminar, en mi elogio de los seguidores, citaré a Cicerón: "Cuando aspiras a alcanzar el puesto más alto, recuerda que es honorable la segunda, o tercera posición". A lo que añadiría que no es ninguna deshonra aspirar directamente al segundo o tercer lugar.

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